Llegó a mi mesa a finales de verano. Al parecer llevaba varios meses trabajando para nosotros, pero yo era la primera vez que lo veía. Su empresa se encarga de nuestras campañas publicitarías y estaba allí para presentarme las propuestas que lanzaríamos en el nuevo año.
No me llamó la atención su fisico. Demasiado alto para mi metro sesenta y poco; cara demasiado cuadrada y agresiva para mis cánones helénicos; pelo demasiado largo y descuidado para mi sentido del gusto… El traje se notaba que le hacía sentir incómodo y ese tipo de reuniones parecían no ser su terreno. Le costó empezar y se le notaba nervioso, tartamudeo un par de veces al comenzar las frases y parecía no poder dejar las manos quietas.
Al margen de que consideré que no habían mandado la persona idonea para defenderlo, el proyecto era bueno, y salvo un par de cosas no le puse demasiadas pegas. P. se pasó por mi despacho un par de veces más para mostrarme los cambios.
Unas semanas después volvimos a vernos en esta ocasión en una reunión conjunta. Me saludó cortesmeste y me gustó como olía. Y casi dos meses más tarde, cuando yo ya había vuelto con M., coincidimos en un bar.
Ese día, después de estar trabajando hasta tarde, yo no quería salir como no había querido hacerlo en todo el verano, pero dos de mis compañeras me animaron y ante su insistencia pensé que era más sencillo tomar una cerveza que convencerlas de que me dejaran marchar. Fuimos a un bar cercano a donde trabajamos y allí coincidimos con varios administrativos y varios miembros del equipo de diseño. P. estaba también allí, sin traje, con el pelo suelto y con una copa en la mano.
Yo trabajo como directivo, mi puesto y mi despacho único hacen que no me relacione fácilmente con todo el personal de la empresa. Mis dos compañeras, en puestos más bajos y acostumbradas a usar las salas de trabajo comunes, conocían perfectamente a todos los presentes y se desenvolvían entre ellos como pez en el agua mientras que a mi la mayoría sólo me sonaban de vista. Me acerqué a P. porque era de los pocos con los que había intercambiado algo más que un saludo.
En un ambiente más distendido P. ganaba bastante. Charlamos durante un buen rato y se mostró divertido e ingenioso. Mi cerveza se convirtió en tres, cuatro… y el bar pasó a ser otro y otro. Al final de la noche sólo quedabamos la mitad de los 11 que nos habíamos reúnido y yo me había divertido por primera vez desde que pasó todo. P. sólo era una persona que me había dado conversación y que no estaba dentro de mis intereses, pero cuando a las dos de la mañana sonó mi móvil, P., sentado a mi lado, pudo ver perfectamente el nombre de M. en la pantalla.
-¿Tu novio? – preguntó.
- Mi ex – dije sin saber por qué cortando la llamada.
Ahí me di cuenta de que algo no iba bien en mí.