Cuando llegué a la sala de juntas aún no había aparecido el pizzero y todos se lanzaron a comentarme los detalles de un proyecto que es evidente que les está apasionando. Diez minutos después, con las pizzas ya sobre la mesa, la atención de todos se centró en la masa italiana, y más que una comida de trabajo fue una comida, a secas.
Estaban allí Ana, P. y tres chicos más de su empresa, todos ellos bastante jóvenes y simpáticos. En la comida, que fue bastante rápida (comían feroces), se habló un poco de todo entre bocado y bocado. Más tarde, nos acercamos a la máquina del café para tener algo con lo que acompañar la sobremesa y seguimos charlando animadamente, mientras tomabamos unas pastas que habían quedado del catering de un desayuno el día anterior.
Fue rápido. En una hora y poco ellos volvieron a su tarea y yo me subí a mi despacho. P. habló muy poco, casi nada, pero me miró muchísimo. Cada vez que yo le miraba me encontraba con sus ojos posados en mí. A veces los retiraba tratando de disimular y a veces nuestras miradas se cruzaban y se reía pícaramente. En un momento en el que yo me puse a hablar noté como su mirada me traspasaba, me puse nerviosa y perdí el hilo de lo que estaba diciendo ante las risas de todos. ¡Y eso que hablar en público es mi fuerte y siempre me muestro muy segura!
Cuando me fui Ana salió conmigo para ir al baño. No tardé en interrogarla porque estaba deseando saber el por qué de su aviso para esa extraña comida. “Ha sido idea de P. que te avisara. Ha creído que te podía interesar lo que estamos haciendo, aunque yo creo que al que le interesaba algo era a él“, me dijo entre risas. Seguimos hablando del tema un rato más hasta que nuestros caminos se bifurcaron. Cuando yo ya empezaba a alejarme, Ana me llamó de nuevo.
- Oye cielo, P. piensa que lo has dejado con tu pareja, lo sabes, ¿verdad?
- Sí, lo sé… -dije mientras me dirigía de nuevo a mi despacho.