Junio de 2007. Mi empresa me manda una semana fuera por trabajo. Es una práctica habitual que tenga que viajar, aunque en este caso son más días de lo normal. No me importa demasido. Empezaba a hacer bastante calor y unos días en latitudes menos axfisiantes me iban a sentar bien.
Las reuniones que teníamos pendientes salieron increiblemente perfectas. El jueves por la noche cerramos el trato sin necesidad de hacer nada más ni ver nada más, y mi ocupada agenda para el viernes y el sábado quedó libre por completo. El sábado teniamos una comida para celebrar el acuerdo y como mis dos compañeros decidieron quedarse y con su representación era suficiente, yo opté por volver a casa y esa misma noche reservé vuelo para la mañana del viernes.
A M., mi pareja, no le dije nada. Me había gastado casi todo el dinero de mi dieta del viaje en comprarme el corsé y los ligueros más sexi que había visto nunca (es lo malo de viajar a ciudades llenas de boutiques de alto standing), un par de botellas de buen vino, caviar, foie gras y otros tantos manjares que fácilmente podría haber adquirido en cualquier tienda de delicatessen de mi ciudad, pero que siempre tiene más valor si se carga personalmente con ellas desde la ciudad de origen. Es fácil de entender el tipo de sorpresa que quería darle a M.
El viernes por la mañana le llamé antes de salir del aeropuerto. Lo pillé aún en casa, porque al parecer se había dormido y me agradeció entre prisas mi llamada que había servido para despertarle. Tenía una reunión del departamento a la que ya llegaba tarde, una clase a última hora de la mañana y una tutoría de prácticas después de comer. Yo le dije que también entraba a una reunión y que pasaría la mañana ilocalizable. Él que comía fuera y que llegaría a casa por la tarde.
Hablaba acelerado y escuchaba como movía cosas y abría y cerraba puertas mientras charlaba conmigo. Normal, habiéndose quedado dormido. Bajó el tono al final de la conversación para decirme que me quería y que estaba deseando que fuera el sábado para volver a verme. Normal, le estaba dando un tono de intimidad a las palabras en medio del caos de sus prisas.
Llegué a casa antes de comer. Aún me quedaban unas pocas horas por delante para tomar un baño relajante, colocar las velas aromáticas que también había comprado y dejarlo todo listo para la sorpresa. Pero él se me adelantó en el intento de sorprenderme.
La mesa puesta con dos copas de vino y restos de una cena, los cojines del sofá tirados por el suelo, las sábanas de MI cama totalmente revueltas… No había que echarle mucha imaginación al asunto para saber lo que allí había pasado. Para acallar las dudas de mi mente, que incontrolablemente trataba de buscar otra explicación a todo eso, un trozo del envoltorio de un preservativo (que nosotros no usamos y por tanto no había forma de que hubiera estado allí de antes) se reía de mí desde la mesita de noche.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que el llegó. Tampoco sé cuanto lloré metida durante horas debajo de la ducha… Su cara al verme hubiera merecido una foto…
Pasamos toda la noche llorando los dos. Ella era una profesora de intercambio que había venido a pasar unos meses a su universidad. No estaba planeado, al menos eso me dijo, habían quedado para tratar unos temas y simplemente pasó. Yo me volvía loca al pensar que había estado con otra en mi casa, en mi cama, que estaba a su lado mientras hablábamos esa mañana por teléfono…
M. se disculpó por todo. Por lo que había pasado, por no preveer que podría llegar antes y que lo hubiera tenido que descubrir así. Me aseguró que me amaba, que había sido un error que nunca había pasado antes y que jamás volvería a pasar… A mi me ardía el pecho de rabia.
A la mañana siguiente hice una pequeña maleta y le dije que me iba unos días, que necesitaba tiempo para pensar. Me estaba ahogando de dolor. Volvería a continuar la conversación cuando pudiera pensar y un poco de distancia nos vendría bien a los dos.
Hablé con mi directora esa misma tarde y le pedí adelantar una de mis semanas de vacaciones. El triunfo en el acuerdo que acababamos de hacer, el que me notara que algo malo me pasaba y que fuera la primera vez que le pedía algo, hizo que no pusiera ningún tipo de impedimento. Pasé una semana en la que era casa de mi abuela en un tranquilo pueblo de menos de tres mil habitantes. Y no recuerdo haber hecho muchas más cosas que llorar. No avisé a nadie de que estaba allí y mantuve el móvil apagado todo el tiempo. Cuando lo encendí las llamadas y los mensajes de M. eran interminables.
Volví a casa a la semana justa sin avisar. Su coche no estaba en el aparcamiento, pero el piso estaba esta vez impoluto. Pasé la tarde con la tele puesta sin ver nada y al caer la noche oí risas y voces en la escalera. M. entró con una chica que me costaba crear que superara los 20 años de edad. Cuando aparecí, silenciosa, en el pasillo ya le estaba mordiendo el cuello.
Esa alumna tampoco significaba nada. Se había acercado a ella por el despecho de mi marcha, para tratar de olvidarse por un rato del dolor que sentía. Era consciente de que no era la forma correcta, pero se estaba volviendo loco por no saber dónde estaba yo y sólo quería no pensar.
En esta ocasión le pedí que se fuera para siempre del piso. Habíamos terminado.
El verano fue largo y duro. No hablé con él, perdí 10 kilos y mi mundo se vino abajo. Cuando la rabia comenzó a pasarse la melancolía fue ocupando los huecos que quedaban libres. Empecé a saber de él por los amigos comunes, de lo mal que estaba, de lo mucho que me echaba de menos… Empezamos a coincidir casualmente y en octubre, después de más de un mes de lucha interna y de tiras y aflojas, volvía a casa.
¿Por qué?, no lo sé… Echaba de menos compartir mis cosas con él, notar su calor mientras dormía, preparar comida para dos… ¿Merecía la pena tirar todo eso por la borda por un par de polvos? En verdad no soy capaz de contestarlo aún hoy. Quizá volví porque estaba débil y eso era lo más fácil para recuperarme, porque necesitaba su apoyo para salir del pozo en el que él mismo me había metido… No lo sé… Ese es el problema, que aún no sé nada…
Nuestra relación vuelve a ser igual de perfecta que antes y el me cuida más que nunca. Yo sigo estando llena de rabia y no soy capaz de olvidar lo que pasó ni el dolor. La desconfianza se ha apoderado de mi y siento la necesidad de controlar todo lo que hace.
No me gusta la persona en la que me he convertido, en la que me ha convertido.
Y no me va a gustar la persona en la que creo que me voy a convertir…